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«Somos capaces de hacer más de lo que imaginamos”– JC. Casiraghi

¿Solo o acompañado? es una pregunta que en algún momento todos los que disfrutamos de movernos en dos ruedas nos hacemos cuando se trata de salir a rodar. Y es que no es para menos, definitivamente no es fácil responder a esta interrogante.

Por un lado…

Salir solo te permite tener tiempo 100% para ti, para reflexionar, escuchar tu playlist favorita, disfrutar de la fotografía o del bello roce del viento chocando con tu casco, puedes parar donde quieras, sin avisar a nadie, improvisar y adentrarte tanto como tu moto, experiencia o sentido común te lo permita y descubrir caminos o paisajes que jamás imaginaste encontrar, ya sea en lo profundo de la sierra o en tu mismísima colonia, no hay que cumplir ninguna agenda y ni hablar del estrés que a veces provoca seguir al compañero de enfrente que siempre pareciera tener un dominio absoluto de su maquina y que toma las curvas de manera exquisita o al menos eso es lo que pensamos cuando vamos detrás de algún otro motociclista.

La otra cara de la moneda

Es rodar en grupo y esto supone desde el inicio una labor titánica, una operación logística comparable a la de cualquier carrera de Fórmula 1, al menos en la experiencia de este rider al cual debo decirles, pueden ustedes considerar un amigo más en el camino en el que espero nos encontremos más temprano que tarde; Empatar los horarios de todos los participantes, esperar a los que se quedaron pegados en las sabanas, definir la ruta y destino de nuestra preferencia, donde habremos de recargar combustible, ¡No me dejaran mentir!,  Son un sin fin de cuestiones en las que hay que pensar antes de siquiera girar el acelerador, pero como todo trabajo duro en la vida, también tiene sus recompensas como contar con un compañero que te pueda auxiliar ante cualquier eventualidad en el camino, alguien con quien compartir la aventura, las risas, el paisaje, ni que decir de la comida y la bebida porque ¡Ah! que bien sabe una cerveza bien fría después de una buena rodada y no olvidemos las memorias del viaje.

Rodar en grupo es aprender en cada salida algo nuevo, un deleite ver la maquina que va adelante o en nuestro espejo retrovisor, charlas profundas o risas de esas que hacen doler la barriga y dejar de sentir los cachetes; Viajar solo es ir a tu ritmo, atrevernos a hacer cosas que normalmente no hacemos, platicar con personas extrañas, nuevas, interesantes, crecer, arriesgarnos y descubrir que somos capaces de hacer más de lo que imaginamos, salir a la hora que se nos de la gana, ¡Sin esperar a nadie!.

Siento decirles queridos lectores que a mis ojos no hay respuesta correcta, es más, me atrevería a sugerirles se permitan ustedes disfrutar un poco de ambas, dejar de lado el miedo a salir solo y a todos esos escenarios catastróficos que viven casi exclusivamente en nuestra mente, porque ese otro yo que vive ahí dentro es ciego y egoísta, rara vez nos deja abrazar la idea de las maravillas que esperan cuando nos atrevemos a dejarlo en casa.

Si acompañas a otros riders, ¡Cuídalos cual lobo a su jauría!, comparte con ellos el poco o mucho conocimiento que tengas, abraza, disfruta, ríe a montones, al final lo que verdaderamente importa es salir a rodar, a disfrutar nuestras maquinas, la compañía y la soledad, el silencio y las risas, atrevernos a conocer cada día un poco más de este minúsculo pedazo de tierra que flota desde hace millones de años en la inmensidad del espacio y que nosotros los humanos, criaturas que por alguna extraña razón gozamos de rodar encima de una maquina propulsada por la combustión de gasolina, literal una bomba, llamamos hogar.

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